domingo, 21 de febrero de 2010
Así habló el Padre Pio (sobre la Santa Misa)
En 1974 se publicó una obra en italia¬no, titulada «Cosí parlò Padre
Pio»: «Así habló el Padre Pio» (San Giovanni Ro¬tondo, Foggia,
Italia), con el imprimatur de Mons. Fanton, obispo auxiliar de
Vincencia. Publicamos algunos pasajes en los que el Pa¬dre Pío hablaba
de la Santa Misa:
- Padre, ¿ama el Señor el Sacrificio?
Sí, porque con él regenera el mundo.
- ¿Cuánta gloria le da la Misa a Dios?
Una gloria infinita.
- ¿Qué debemos hacer durante la Santa Misa?
Compadecernos y amar.
- Padre, ¿cómo debemos asistir a la Santa Misa?
Como asistieron la Santísima Virgen y las piadosas mujeres. Como
asistió San Juan al Sacrificio Eucarístico y al Sacrifi¬cio cruento de
la Cruz.
- Padre, ¿qué beneficios recibimos al asistir a la Santa Misa?
No se pueden contar. Los veréis en el Paraíso. Cuando asistas a la
Santa Misa, renueva tu fe y medita en la Víctima que se inmola por ti
a la Divina Justicia, para aplacarla y hacerla propicia. No te alejes
del altar sin derramar lágrimas de dolor y de amor a Jesús,
crucificado por tu salvación. La Virgen Dolorosa te acompañará y será
tu dulce inspiración.
- Padre, ¿qué es su Misa?
Una unión sagrada con la Pasión de Jesús. Mi responsabilidad es única
en el mundo -decía llorando.
- ¿Qué tengo que descubrir en su Santa Misa?
Todo el Calvario.
- Padre, dígame todo lo que sufre Vd. durante la Santa Misa.
Sufro todo lo que Jesús sufrió en su Pasión, aunque sin proporción,
sólo en cuanto lo puede hacer una creatura hu¬mana. Y esto, a pesar de
cada uno de mis faltas y por su sola bondad.
- Padre, durante el Sacrificio Divino, ¿carga Vd. nuestros pecados?
No puedo dejar de hacerlo, puesto que es una parte del Santo
Sacrificio.
- ¿El Señor le considera a Vd. como un pecador?
No lo sé, pero me temo que así es.
- Yo lo he visto temblar a Vd. cuando sube las gradas del Altar. ¿Por
qué? ¿Por lo que tiene que sufrir?
No por lo que tengo que sufrir, sino por lo que tengo que ofrecer.
- ¿En qué momento de la Misa sufre Vd. más?
En la Consagración y en la Comu¬nión.
- Padre, esta mañana en la Misa, al leer la historia de Esaú, que
vendió su primogenitura, sus ojos se llenaron de lágrimas.
¡Te parece poco, despreciar los dones de Dios!
- ¿Por qué, al leer el Evangelio, lloró cuando leyó esas palabras:
«Quien come mi carne y bebe mi sangre»...?
Llora conmigo de ternura.
- Padre, ¿por qué llora Vd. casi siem¬pre cuando lee el Evangelio en
la Misa?
Nos parece que no tiene importancia el que un Dios le hable a sus
creaturas y que ellas lo contradigan y que con¬ti¬nuamente lo ofendan
con su ingratitud e incredulidad.
- Su Misa, Padre, ¿es un sacrificio cruento?
¡Hereje!
- Perdón, Padre, quise decir que en la Misa el Sacrificio de Jesús no
es cruento, pero que la participación de Vd. a toda la Pasión si lo
es. ¿Me equivoco?
Pues no, en eso no te equivocas. Creo que seguramente tienes razón.
- ¿Quien le limpia la sangre durante la Santa Misa?
Nadie.
- Padre, ¿por qué llora en el Oferto¬rio?
¿Quieres saber el secreto? Pues bien: porque es el momento en que el
alma se separa de las cosas profanas.
- Durante su Misa, Padre, la gente hace un poco de ruido.
Si estuvieses en el Calvario, ¿no escu¬charías gritos, blasfemias,
ruidos y ame¬nazas? Había un alboroto enorme.
- ¿No le distraen los ruidos?
Para nada.
- Padre, ¿por qué sufre tanto en la Consagración?
No seas malo... (no quiero que me preguntes eso...).
- Padre, ¡dígamelo! ¿Por qué sufre tanto en la Consagración?
Porque en ese momento se produce realmente una nueva y admirable des¬trucción y creación.
- Padre, ¿por qué llora en el Altar y qué significan las palabras que
dice Vd. en la Elevación? Se lo pregunto por curiosidad, pero también
porque quiero repetirlas con Vd.
Los secretos de Rey supremo no pue¬den revelarse sin profanarlos. Me
pre¬guntas por qué lloro, pero yo no quisiera derramar esas pobres
lagrimitas sino to¬rrentes de ellas. ¿No meditas en este grandioso
misterio?
- Padre, ¿sufre Vd. durante la Misa la amargura de la hiel?
Sí, muy a menudo...
- Padre, ¿cómo puede estarse de pie en el Altar?
Como estaba Jesús en la Cruz.
- En el Altar, ¿está Vd. clavado en la Cruz como Jesús en el Calvario?
¿Y aún me lo preguntas?
- ¿Como se halla Vd.?
Como Jesús en el Calvario.
- Padre, los verdugos acostaron la Cruz de Jesús para hundirle los
clavos?
Evidentemente.
- ¿A Vd. también se los clavan?
¡Y de qué manera!
- ¿También acuestan la Cruz para Vd.?
Sí, pero no hay que tener miedo.
- Padre, durante la Misa, ¿dice Vd. las siete palabras que Jesús dijo
en la Cruz?
Sí, indignamente, pero también yo las digo.
- Y ¿a quién le dice: «Mujer, he aquí a tu hijo»?
Se lo digo a Ella: He aquí a los hijos de Tu Hijo.
- ¿Sufre Vd. la sed y el abandono de Jesús?
Sí.
- ¿En qué momento?
Después de la Consagración.
- ¿Hasta qué momento?
Suele ser hasta la Comunión.
- Vd. ha dicho que le avergüenza de¬cir: «Busqué quien me consolase y
no lo hallé». ¿Por qué?
Porque nuestro sufrimiento, de verda¬deros culpables, no es nada en
compara¬ción del de Jesus.
- ¿Ante quién siente vergüenza?
Ante Dios y mi conciencia.
- Los Angeles del Señor ¿lo reconfor¬tan en el Altar en el que se
inmola Vd.?
Pues... no lo siento.
-Si el consuelo no llega hasta su alma durante el Santo Sacrificio y
Vd. su¬fre, como Jesús, el abandono total, nuestra presencia no sirve
de nada.
La utilidad es para vosotros. ¿Acaso fue inútil la presencia de la
Virgen Dolo¬rosa, de San Juan y de las piadosas muje¬res a los pies de
Jesús agonizante?
- ¿Qué es la sagrada Comunión?
Es toda una misericordia interior y ex¬terior, todo un abrazo. Pídele
a Jesús que se deje sentir sensiblemente.
- Cuando viene Jesús, ¿visita sola¬mente el alma?
El ser entero.
- ¿Qué hace Jesús en la Comunión?
Se deleita en su creatura.
- Cuando se une a Jesús en la Santa Comunión, ¿que quiere que le pida¬
mos al Señor por Vd.?
Que sea otro Jesús, todo Jesús y siem¬pre Jesús.
- ¿Sufre Vd. también en la Comu¬nión?
Es el punto culminante.
- Después de la Comunión, ¿continúan sus sufrimientos?
Sí, pero son sufrimientos de amor.
- ¿A quién se dirigió la última mirada de Jesús agonizante?
A su Madre.
- Y Vd., ¿a quién mira?
A mis hermanos de exilio.
- ¿Muere Vd. en la Santa Misa?
Místicamente, en la Sagrada Comu¬nión.
- ¿Es por exceso de amor o de dolor?
Por ambas cosas, pero más por amor.
- Si Vd. muere en la Comunión ¿ya no está en el Altar? ¿Por qué?
Jesús muerto, seguía estando en el Calvario.
- Padre, Vd. a dicho que la víctima muere en la Comunión. ¿Lo ponen a
Vd. en los brazos de Nuestra Señora?
En los de San Francisco.
-Padre, ¿Jesús desclava los brazos de la Cruz para descansar en Vd.?
¡Soy yo quien descansa en El!
- ¿Cuánto ama a Jesús?
Mi deseo es infinito, pero la verdad es que, por desgracia, tengo que
decir que nada, y me da mucha pena.
- Padre, ¿por qué llora Vd. al pro¬nunciar la última frase del
Evangelio de San Juan: «Y hemos visto su gloria, gloria como de
Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad»?
¿Te parece poco? Si los Apóstoles, con sus ojos de carne, han visto
esa gloria, ¿cómo será la que veremos en el Hijo de Dios, en Jesús,
cuando se manifieste en el Cielo?
- ¿Qué unión tendremos entonces con Jesús?
La Eucaristía nos da una idea.
- ¿Asiste la Santísima Virgen a su Misa?
¿Crees que la Mamá no se interesa por su hijo?
- ¿Y los ángeles?
En multitudes.
- ¿Qué hacen?
Adoran y aman.
- Padre, ¿quién está más cerca de su Altar?
Todo el Paraíso.
- ¿Le gustaría decir más de una Misa cada día?
Si yo pudiese, no querría bajar nunca del Altar.
- Me ha dicho que Vd. trae consigo su propio Altar...
Sí, porque se realizan estas palabras del Apóstol: «Llevo en mi cuerpo
las se¬ñales del Señor Jesús» (Gal. 6, 17), «estoy crucificado con
Cristo» (Gal. 2, 19) y «castigo mi cuerpo y lo esclavizo» (I Cor. 9,
27).
- ¡En ese caso, no me equivoco cuan¬do digo que estoy viendo a Jesús
Cru¬cificado!
(No contesta).
- Padre, ¿se acuerda Vd. de mí duran¬te la Santa Misa?
Durante toda la Misa, desde el princi¬pio al fin, me acuerdo de tí.
La Misa del Padre Pío en sus primeros años duraba más de dos horas.
Siempre fue un éxtasis de amor y de dolor. Su rostro se veía
enteramente concentrado en Dios y lleno de lágrimas. Un día, al
confesarme, le pregunté sobre este gran misterio:
- Padre, quiero hacerle una pregunta.
Dime, hijo.
- Padre, quisiera preguntarle qué es la Misa.
¿Por qué me preguntas eso?
- Para oírla mejor, Padre.
Hijo, te puedo decir lo que es mi Misa.
- Pues eso es lo que quiero saber, Pa¬dre.
Hijo mío, estamos siempre en la cruz y la Misa es una continua agonía.
viernes, 19 de febrero de 2010
Cómo San Francisco enseñó al hermano León en qué consiste la alegría perfecta
Iba una vez San Francisco con el hermano León de Perusa a Santa María de los Ángeles en tiempo de invierno. Sintiéndose atormentado por la intensidad del frío, llamó al hermano León, que caminaba un poco delante, y le habló así:
-- ¡Oh hermano León!: aun cuando los hermanos menores dieran en todo el mundo grande ejemplo de santidad y de buena edificación, escribe y toma nota diligentemente que no está en eso la alegría perfecta.
Siguiendo más adelante, le llamó San Francisco segunda vez:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor devuelva la vista a los ciegos, enderece a los tullidos, expulse a los demonios, haga oír a los sordos, andar a los cojos, hablar a los mudos y, lo que aún es más, resucite a un muerto de cuatro días, escribe que no está en eso la alegría perfecta.
Caminando luego un poco más, San Francisco gritó con fuerza:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor llegara a saber todas las lenguas, y todas las ciencias, y todas las Escrituras, hasta poder profetizar y revelar no sólo las cosas futuras, sino aun los secretos de las conciencias y de las almas, escribe que no es ésa la alegría perfecta.
Yendo un poco más adelante, San Francisco volvió a llamarle fuerte:
-- ¡Oh hermano León, ovejuela de Dios!: aunque el hermano menor hablara la lengua de los ángeles, y conociera el curso de las estrellas y las virtudes de las hierbas, y le fueran descubiertos todos los tesoros de la tierra, y conociera todas las propiedades de las aves y de los peces y de todos los animales, y de los hombres, y de los árboles, y de las piedras, y de las raíces, y de las aguas, escribe que no está en eso la alegría perfecta.
Y, caminando todavía otro poco, San Francisco gritó fuerte:
-- ¡Oh hermano León!: aunque el hermano menor supiera predicar tan bien que llegase a convertir a todos los infieles a la fe de Jesucristo, escribe que ésa no es la alegría perfecta.
Así fue continuando por espacio de dos millas. Por fin, el hermano León, lleno de asombro, le preguntó:
-- Padre, te pido, de parte de Dios, que me digas en que está la alegría perfecta.
Y San Francisco le respondió:
-- Si, cuando lleguemos a Santa María de los Ángeles, mojados como estamos por la lluvia y pasmados de frío, cubiertos de lodo y desfallecidos de hambre, llamamos a la puerta del lugar y llega malhumorado el portero y grita: «¿Quiénes sois vosotros?» Y nosotros le decimos: «Somos dos de vuestros hermanos». Y él dice: «¡Mentira! Sois dos bribones que vais engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres. ¡Fuera de aquí!» Y no nos abre y nos tiene allí fuera aguantando la nieve y la lluvia, el frío y el hambre hasta la noche. Si sabemos soportar con paciencia, sin alterarnos y sin murmurar contra él, todas esas injurias, esa crueldad y ese rechazo, y si, más bien, pensamos, con humildad y caridad, que el portero nos conoce bien y que es Dios quien le hace hablar así contra nosotros, escribe, ¡oh hermano León!, que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros seguimos llamando, y él sale fuera furioso y nos echa, entre insultos y golpes, como a indeseables importunos, diciendo: «¡Fuera de aquí, ladronzuelos miserables; id al hospital, porque aquí no hay comida ni hospedaje para vosotros!» Si lo sobrellevamos con paciencia y alegría y en buena caridad, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta. Y si nosotros, obligados por el hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a llamar, gritando y suplicando entre llantos por el amor de Dios, que nos abra y nos permita entrar, y él más enfurecido dice: «¡Vaya con estos pesados indeseables! Yo les voy a dar su merecido». Y sale fuera con un palo nudoso y nos coge por el capucho, y nos tira a tierra, y nos arrastra por la nieve, y nos apalea con todos los nudos de aquel palo; si todo esto lo soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de sobrellevar por su amor, ¡oh hermano León!, escribe que aquí hay alegría perfecta.
-- Y ahora escucha la conclusión, hermano León: por encima de todas las gracias y de todos los dones del Espíritu Santo que Cristo concede a sus amigos, está el de vencerse a sí mismo y de sobrellevar gustosamente, por amor de Cristo Jesús, penas, injurias, oprobios e incomodidades. Porque en todos los demás dones de Dios no podemos gloriarnos, ya que no son nuestros, sino de Dios; por eso dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios? Y si lo has recibido de Él, ¿por qué te glorías como si lo tuvieras de ti mismo? (1 Cor 4,7). Pero en la cruz de la tribulación y de la aflicción podemos gloriarnos, ya que esto es nuestro; por lo cual dice el Apóstol: No me quiero gloriar sino en la cruz de Cristo (Gál 6,14).
A Él sea siempre loor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
